Gira Escatológica: Bahía Blanca-Pinamar (4ta. Parte)

CONTINÚA DE LA TERCERA PARTE

La banda anterior a nosotros sube para hacer su número. El baterista se toma todo el tiempo del mundo para armar, parece Riquelme antes de un tiro libre. El resfrío ya me copó cada rincón de la cabeza, de la garganta, y me tapona los oídos. Me harté las bolas. Se me viene una idea espectacular y se la cuento a Nico. “¿Qué te parece si hacemos una sola canción y nos vamos al carajo?”, le digo imaginando su respuesta negativa. Pero Nico está tan contrariado como yo y acepta. La única condición que me pone es que si para cuando llegue nuestro turno queda alguien esperándonos, hacemos algunas más. Acepto y espero rezando que se vayan todos.

Si grafico lo que me queda de voz, como miden la energía en los videojuegos de peleas, imaginen un poco menos de media barra llena. Es imposible que no la pinche en la segunda canción. Y habrá segunda porque algunos locos nos están esperando. Por suerte desde el local avisan que debemos apurarnos, que seis y media cierran. Explenden arranca con una lista clásica y corta, y yo cambio algunas palabras de las letras, cambios que me permiten putear y provocar a los responsables de lo mal que la estoy pasando. Nadie se entera, salvo Dios que me la tiene jurada.

Volvemos en el auto de Cristian, nos lleva a su casa, mientras la camioneta se va para la pulcra casa de alquiler, con Los Roñosos, Mauro y Pablo. Si Pablo va para la casa, significa que ahí habrá joda. En definitiva, somos El Líder, Nico y yo quienes regresamos para dormir en el quincho. Sucio, con la transpiración secándose en mi ropa puesta, y con frío polar, me tiro en el colchón, entre medio de Nico y Mariano. El horno pita, agudo y constante. El sol entra por todos lados. Me tapo la cabeza con mi sobretodo, quiero desaparecer.

Tres horas de mierda. Dormí no más de tres horas de mierda. Nico se mudó a un colchón inflable y tiene pinta de que dormirá mil años más. Si fuese la segunda vez que el Líder duerme en este colchón, sabría exactamente a qué hora se despertaría y qué haría luego. Pero es la primera vez y tampoco tiene pinta de ir a levantarse pronto. Yo no aguanto más mi congestión. Me levanto totalmente impedido de respirar por la nariz. Lo hago por la boca, pero cada bocanada me infla el dolor de cabeza, la sien me estalla. El horno sigue pitando, olor a polvo quemado. ¿O será algún gas extraño? ¿Los pibes están muertos y yo zafé porque por mi nariz no entra nada? Me acerco a Nico y le apoyo mi dedo índice en el bozo: respira, está vivo.

Bueno, necesito tomar aire. Ver si Cristian que duerme en la casa de adelante está despierto, y conseguir un mate, un ibuprofeno, un Té Vick, algo. Aunque Ayer Cristian tenía un pedo gigante…

Voy a salir del quincho. Y ahí está el dóberman del otro lado de la puerta corrediza, con lo dientes arafue, mirándome, mostrándome las encías, y creo que eso no es reír. El horno pita, y entre eso y mi congestión, no oigo si el perro gruñe o está contento. Encima estos dóberman de mierda no tienen cola: si la mueve es fija que quiere jugar. Puta madre, me estoy volviendo loco. Nico respira pero está muerto. El líder, como en todas sus primeras veces, es impredecible.

El dóberman afloja y lo veo alejarse por uno de los pasillos, el que va hacía la calle: campo libre. Abro la corrediza y salgo. Aire puro. Poquito, por la boca, pero aire puro. Sol. Al rayo de sol no hace tanto frío. La barra del jueguito de pelea sube a la mitad, tengo medio tanque. Estoy medio hecho mierda. De mi garganta no hay noticias. Ahora no me da la cabeza para darme cuenta que no necesito a nadie para probarla, pero espero que alguien se despierte para hablarle y saber si tengo voz o no. Camino por el pasillo y entro a la cocina de la casa. Hay un mate vacío, pero no veo yerba, azúcar, ni me atrevo a buscar. La puta educación que me prohíbe revisar y servirme en una casa que no es la mía. Si estuviera en la casa de alquiler revisaría todo, pero acá en la de Cristian no me da. Me frustro y salgo al pasillo, me siento en el piso, en un ángulo donde justo pega el sol que cae desde un tejado. Los rayos me dan en la cara, creo que me aflojan un poco los mocos, o intento darme la idea. Siento pasos cortos, ¿Ruido a collar?, la puta madre.

El dóberman dobla por el pasillo, despacio, y me encuentra con la mirada. Se detiene segundos antes de avanzar hacia mí. Yo me paro lento, con la espalda pegada contra la pared. Me quedo petrificado, pensando en eso que una vez escuché, que asustados largamos adrenalina y los perros lo sienten, y ellos en esos casos te morfan. Tengo que evitar largar adrenalina. Pensar en otra cosa. Me pongo a cantar, me hago el que no estoy asustado. Me sale arrancar con el estribillo de “Nunca Más”, ahí me doy cuenta que mi voz está destruida. Estoy al borde de quedar mudo, la barra de energía baja un poco. Logro detener el fluido adrenalínico y el dóberman sólo se detiene un toque con el hocico en mi rodilla, para luego pasar de largo y perderse más allá. Me relajo y me vuelvo a sentar en el ángulo soleado.

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ILUSTRACIÓN: Julieta Piaggio.

CAPÍTULOS ANTERIORES:

GIRA ESCATOLÓGICA: BAHÍA BLANCA-PINAMAR (1ra PARTE)

GIRA ESCATOLÓGICA: BAHÍA BLANCA-PINAMAR (2da PARTE)

GIRA ESCATOLÓGICA: BAHÍA BLANCA-PINAMAR (3ra. PARTE)