Blixa: Entre el ruido y la furia

En el mundo existe gente rara, de todo tipo. Pero ser raro puede ser fácil, a veces basta con hacerte un corte de pelo extravagante, o teñirte la cabeza todas las semanas de un color distinto. Lo difícil es ser raro y productivo; creativo, un genio extraño.  Blixa Bargeld es eso: un genio extraño, un tipo que tiene un peinado alterado y una guitarra que suena como si la estuviese tocando con los dientes rotos. Y lo más importante es que tiene una obra que quema cualquier mp4 que no tenga un buen sonido.

La escuela de Glenn Branca –el guitarrista que en los ‘70 creaba solos de guitarras totalmente fuera de los cánones, y desarmaba las seis cuerdas como más le gustaba–, dejó su acólito más fiel: el desaforado Blixa, quien armó la banda EinstürzendeNeubauten una década después, para dar comienzo a una formación poco cotidiana dentro del rock. Blixa y los suyos jugaban con los instrumentos y experimentaban con sonidos que ellos mismos creaban, un eterno manifiesto dadaísta del rock.

En 1984, pasa a formar parte de la banda Nick cave and the Bad Seeds, donde deja su sello inconfundible en cada tema –basta con escuchar “The Weeping Song” para poder entender el aporte de Blixa en la obra de Cave–.

Blixa hace música como un nene tirado en un arenero que golpea contra los fierros de las hamacas cualquier cacharro que aparece frente a sus ojos, sin importarle el riesgo que pueda correr. “Allí donde otros exponen su obra, yo sólo pretendo mostrar mi espíritu” había sentenciado el poeta Artaud, y Blixa mezcla su espíritu con la rabia de alguien que sabe que hacer música no es solo mezclar acordes correctos.

Por suerte todavía existe gente así, que rompe un poco el esquema del rock, ese rock que hoy trata de formar parte de la lógica del mercado y todo el tiempo trata de caer bien.