Gira Escatológica: Bahía Blanca-Pinamar (3ra. Parte)

CONTINÚA DE LA 2da PARTE

Salvo algunas cuestiones organizativas aclaradas con Mauro el primer día, ese inicial que no recuerdo, no estoy al tanto de cómo funciona la administración de mi banda. Es decir, no entiendo quién paga las pizzas que Cristian hornea, las birras que este tipo macanudo nos acerca, ni los snacks que son devorados como si fuesen patas de pollo en una película de vikingos. Estamos en el fondo de la casa, en un quincho de puertas vidreadas y corredizas, repleto de bártulos arrumbados. Al costado de la mesa de tablones y caballetes, el honro no sólo cocina las pizzas, hace las veces de estufa y emite un zumbido como el de una pava hirviendo, pero mucho más agudo y perforante. Claro que también emana un olor mezcla de gas y no sé qué, pero entre tanto cigarrillo, eructo y pedo disimulado no molesta. A decir verdad la estoy pasando mejor, me como unas porciones de pizza, dos o tres vasos de cerveza, y algunos de Coca Cola. Cuando ya no me entra más nada, me aparto un poco y me tiro entre medio de Nico y el líder, que duermen en un colchón de dos plazas que no sé si un linyera no te lo devuelve. Me tapo con mi sobretodo que conservo de mi época de director administrativo de escuela. Me cubro hasta la cabeza, bajándole decibeles a las carcajadas y las anécdotas. Afuera el frío es capaz de pararle los pezones a King Kong.

Cuando me despierto, a mis costados Nico y el Líder ya no están. Soy el único en el colchón. Hay muchas chances de que los haya espantado con ronquidos. Me levanto molesto, cansado. O alguien me despertó, o me levanté justo para irnos. Un dóberman intenta rescatar algún tronquito de pizza abandonado. Suerte que con el cagazo que les tengo, el perro no se separa de Cristian, que infla colchones, y va y viene acondicionando este quincho que será a donde volvamos para dormir después del recital. El resto del contingente escabia, rompe las pelotas y está preparado para salir. El dolor de cabeza me empieza nuevamente a molestar. Despacito me vuelven los mocos, la picazón de garganta y el frío. Nos vamos.

Se supone que la camioneta la arreglaron. Durante las pocas cuadras que andamos hasta detenernos, no se siente olor a quemado, nada se incendia ni el píloto reputea. Frenamos sobre una calle cortada, en la puerta de una casa que Cristian alquiló para que estemos más cómodos. O sea que cuando llegue el momento de dormir, nos tendremos que dividir en dos grupos: uno al quincho calefaccionado con hornito para pizzas, y el otro a la acogedora y pulcra casa de alquiler. Mientras pienso esto, los bolsos de Roñosos se apilan en el interior de la casa. Está claro dónde me tocará dormir a mí. Pocos minutos más, y nuevamente arriba de la Hyundai, ahora sí, directo a Rocket Bar.

Debe ser porque en sueños lleno estadios, que cada vez que arribo al antro en el que toco, y me recibe una cuadra desolada, me sorprendo. La vereda en bolas imagina un Rocket Bar vacío, una Bahía Blanca bajo un holocausto zombi. Son más de las doce de la noche y Mauro me avisa que atodavía no arrancó la primera banda. Vamos a tocar a la hora del orto, para el esclavo de la consola, los Roñosos, Mauro y Cristian que nos acompaña como si fuésemos los Rolling Stones. Intento advertirle lo del horario a Natita, una amiga de Bahía Blanca que me espera en la puerta, con libros de regalo para mí y mi mujer, y acompañada de su novio y una pareja amiga. Pero su alegría es tal que no se da cuenta, o a mí se me hace imposible explicárselo bien.

¿Cuántos de estos tendrán la guita suficiente para comprar escabio hasta la hora en que toquemos nosotros? La noche se vislumbra negra. Mis mocos y yo nos escondemos en el entrepiso del local, desde donde veo a todas las bandas que tocan. Según lo pactado, hoy Roñosos sale antes que nosotros, y mañana al revés. Después de cuatro o cinco grupos, Nelo sube al escenario junto a sus compañeros y el flamante baterista, Mario, quien minutos antes anotaba marcaciones en su lista de temas (me pidió una lapicera). Mario es un profesional, no quiere dejar nada librado al azar.

Roñosos hace su función, mientras las horas se estiran condenándonos a tocar con el sol asomando. ¿Qué estás tocando?, parece que Nelo le pregunta con la mente a Mario. Es la primera vez que puedo ver un recital completo de Roñosos, y para Mario parece que también. Nelo parece contrariado, pero se escuda en sendos flancos compenetrados en las cuerdas, que si les saco una foto y no te cuento nada, pareciera que tocan para mil personas. Dos recios.

CONTINÚA EN LA 4ta. PARTE

 

CAPÍTULOS ANTERIORES:

GIRA ESCATOLÓGICA: BAHÍA BLANCA-PINAMAR (1ra PARTE)

GIRA ESCATOLÓGICA: BAHÍA BLANCA-PINAMAR (2da PARTE)