Once Tiros: Pedacitos de un inconformismo madurado

La banda uruguaya Once Tiros volvió a la ciudad de Buenos Aires para seguir festejando sus quince años de historia. Esta vez el lugar elegido para su derroche de energía constante fue Niceto Club.

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Humboldt al 1300.

La escena es telúrica: un VW Gol azul estacionado al borde del cordón. Veinte pibes lo rodean, cual fogata. Toman a su favor unos metros de la calle. El baúl y las heladeritas, abiertas. La espuma marrón se desparrama por los vasos y cae en forma de gotas hasta el asfalto. A otros pibes los contiene una pared de ladrillos musgueados. Cuatro esferas de vidrio irradian luz azul.

Tres motos hermanadas por los eslabones de una cadena le ponen una coma a la vereda. Marcan una pausa en el caminar. Son la línea fronteriza a su rancheo.

Se visten parecido: remeras negras achicadas al primer lavado.

Se ríen parecido: con el ruido exagerado que causa la liberación verborrágica.

Se desabrigan parecido: todos los buzos quedan en el auto.

 La llave en el bolsillo derecho y arrancan.

–Vamos Once Tiros la puta madre, cheee –grita uno. Después de mantener por unos segundos la última vocal, exhala. Le manguea a los pulmones un poco más de oxígeno.

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Niceto Vega 5510.

Son las nueve y media de la noche.

-¿Dónde está Jony?

-No sé.

-Andá a buscarlo.

-Ahí viene, mirá.

-Dale, boludo. Metele.

-¿Están todos juntos, chicos? Entradas en mano, entonces.

De a uno y sin tomar distancia entran. El calor les dio la razón a su decisión de casi desnudarse en el auto.

Niceto es un lugar sin colores vivos: aparatos negros, barandas negras, calzas negras, remeras negras, zapatillas negras.

Se abre el telón (negro).

“Apunto y fuego… contra todo lo que veo”, canta “El Negro” Pablo que –no es el querible personaje del Okupas- es el cantante de la banda uruguaya.

Los colores se empiezan a aclarar.

Si 24 hs. son una eternidad breve, ¿dos horas que son?

¿Un lunar en el tiempo?, ¿una mueca imperceptible?, ¿un renglón azaroso dentro de un block de 1000 historias?

El celular de una chica se iza hasta el extremo de su mano y se transforman en el complemento de sus ojos. Gatilla y desde atrás la empujan. Sin pretenderlo avanza, mínimo, 10 casilleros.

“Había un río, una corriente, había un grito que te arrancaba los dientes”. Empieza la introducción de “Llegando al principio”. El saxo canta en primera voz y cumple con sus efectos: la levitación propia del ska.

La chica demuestra su insistencia y se corre a un costado. Empuña nuevamente su celular y con firmeza levanta su mano.

“Y era cuestión de apretarla más, era cuestión de saber aguantar” –agita de un lado a otro un grupo de pibes. Segunda prueba, segundo pifia. Mira la pantalla del celular sabiendo el resultado. Por un rato, lo guarda en el bolsillo.

Once Tiros es una foto fuera de foco. Esa es su construcción poética.

Son casi las once y cuarto de la noche.

***

La banda uruguaya  se planta y se plantea. No tiene velos. Las letras de sus canciones son pedacitos de un inconformismo madurado. No suenan a rebeldes para que sea cool. Dicen muchos mas no que sí. Defendiendo la base fundamental de un género como el punk/rock: no agachar la cabeza.

-Nos conocemos hace quince años. Son nuestra familia. Somos familia. Pronto se verán en el DVD que sale antes de fin de año. Gracias… -se despidió en nombre de la banda “El Negrito” Silvera.

“Bisturí”, “Gente detergente”  y “Tu postura” sonaron con descaro. Con espontaneidad.

Y eso permitió que “la familia” se desabrigue parecido y se ría parecido: con un  álbum de fotos sacadas en fuera de foco pero que les sirve de ropaje para vestirse más o menos parecido de nuevo.

 

 

FOTOS: Daniela Milana.

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