Gira escatológica: Bahía Blanca-Pinamar (1ra. Parte)

Tengo manager, y una sensación extraña me acaricia la nuca cada vez que lo cuento. Es una lástima que mi memoria sea tan corta, me intriga saber cómo empezamos. Alguna vez leí que estos tipos tapizan sus autos con la piel de los músicos, pero yo no puedo dejar de imaginarme a Mauro en bici, de las viejas, o en esta combi de gira, que no le funciona la quinta y tarda más que las promesas de Macri.

Imaginen esta Hyundai de once asientos: Mauro, dos bandas de cuatro músicos cada una, un Marshall de sesenta, dos bajos eléctricos, tres guitarras, los soportes de los platillos de la batería, un bolso por cabeza con frazadas incluidas, dos fundas con platillos, dos pedales de bombo  y algunos bartulitos extras guardados en bolsas que pierden su contenido por ahí. A todo esto se le irá sumando basura: bolsas de plástico, paquetes vacíos de snacks, Rolisecs llenos de mocos (traigo la gripe de Linda Blair en El Exorcista), y colillas de cigarrillos. Sí, un fenómeno por banda fuma adentro, con las ventanillas cerradas y todo. Yo contemplo el guiso desde atrás, encajado solo en la última fila de asientos, luchando contra una bolsa que cada seis minutos aproximadamente se me cae en la cabeza.

Dos cuadras y nos para la policía. Ratis en moto: pésimo augurio. Nelo, cantante de Roñosos, detiene la combi y aguarda que el sorete se le arrime a la ventanilla. Intercambio de algunos papeles y vuelta a andar la avenida Pavón. Pero no pasan más de ocho cuadras que otra moto nos vuelve a parar. ¡Pará! No es otra moto. Es la misma con el mismo rati encima. Y el muy pelotudo no se da cuenta hasta que se vuelve a arrimar a la ventana y Nelo lo mira con cara de Droopy. El idiota nos pide disculpas y arrancamos otra vez. El primer destino es Bahía Blanca, lo que suponemos unas nueve horas de viaje. Y suponemos mal.

No sé cuándo me quedé dormido. Tengo el cuello contracturado, no puedo girar la cabeza hacia la izquierda. La combi acaba de frenar en una estación de servicio, me bajo después de que todos se bajen. ¿Por qué? Dependo de Mauro que viene en el asiento de acompañantes, que salga y abra la puerta corrediza desde afuera, único modo de que esta funcione. Y después que bajen todos, para poder rebatir dos asientos y por fin estirar las piernas al intemperie.

El reloj del celular me informa que me dormí casi dos horas clavadas. No sé muy bien para qué es esta parada, pero todos aprovechan para fumar. Yo no fumo, hace tiempo que dejé. Tengo cien pesos hasta regresar a casa, o sea para administrarlos este viernes, todo el sábado y hasta más o menos el mediodía del domingo en que estaríamos llegando. Claro que en esta estación no puedo comprar nada. Me encantaría una Coca Cola, un Jorgelín triple, el Diario Popular, chupetines, caramelos de miel para mi garganta destruida, pañuelos descartables, un café, un té, medialunas, un ibuprofeno, me compraría toda la estación de mierda entera. Todos arriba, vamos.

¿Hace cuánto que duermo? Nelo estaciona en otra estación de servicio. Alguien pronuncia “comer”. Otra vez Mauro nos abre la puerta, y espero hasta que se bajan todos. Recién ahí rebato los asientos, les paso por encima y otra vez estoy al aire libre, con el cuello más duro y el resfrío avisándome que no se piensa mover de mi nariz. Menos yo, todos fuman nuevamente. La decisión es unánime: nos metemos en una parrilla que genera hambre de sola verla. Sueño con chinchulines. Un cacho de vacío nadando en salsa criolla, papas a la provenzal, chorizo y morcilla, provoleta sería mucho, pero en una de esas…

―¿Van a comer parrillada? ―La moza no media ni un “hola”, ataca de una―. Sale 170 pesos por cabeza. ―¿Nos está echando?―. La bebida y las guarniciones aparte.

La desilusión nos envuelve, me ajusta el cinturón exprimiéndome las tripas. Un silencio atroz peor que el famoso de la cancha de River nos da una cachetada de realidad.

―Traenos un choripán a cada uno―responde Mauro con total naturalidad―.Y dos porciones de papas fritas.

Voy a comer salsa criolla con chorizo. Al embutido lo cago a cucharazos, lo embadurno, como castigándolo por no medir el doble de lo que miro, un choripán simplón, en un francés quebrado. La movida son las papas, el choripán no me lo va a sacar nadie, asique primero pinchar papas antes que desaparezcan. Alguien habrá pedido Coca Cola, en total me tomo dos vasos, empujando el chori hasta el más allá. En nada se acaba todo. Cincuenta mangos por cabeza, me sobran cincuenta hasta el domingo. Salgo de la parrilla eructando, y aspirando el aire. Algo morboso, parecido a cagarse en la cama y fumarse las sábanas.

 

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