Crossover

Estamos comunicados. Muy comunicados. Pero, ¿Qué hay detrás de cámara? Todos los lugares que no pisé, pero observé a través de las redes tecnológicas, ¿Son así? ¿Qué hay detrás de cámara?

Pensaba en eso, colgado con la vista, esquivando las gotas que se deslizaban por la ventana de El Rápido repleto de olor a culo.Y debemos ser unos cuarenta y pico de pasajeros, la mayoría abstraídos en su pantalla de celular.

No es que mis pensamientos sean tan solemnes, no soy un erudito en nada. Simplemente me fumé tres buenas secas de un paraguayo que me pasó un compañero del laburo. No les doy detalles de mi trabajo. Sí les digo que nada tiene que ver con mi título, soy un profesional de terciario privado, sin familiar que le haga el contacto, ni tío empresario, ni cuna de oro, ni una mierda. Repito: no soy un erudito en nada. Viajo a Chile, a Chillán, por una simple duda.

Voy a visitar a mi amigo Martín. Para un soltero como yo, un fin de semana largo y una invitación reiterada que no pude aceptar ocasiones antes, es más que motivo para emprender otra aventura que me permita seguir desconectado, haciéndole oídos sordos a las responsabilidades que el sistema le obliga a pibes de mi edad. Con 38 años, escritor romántico y ad honorem, soy ese fracasado al que todos le dicen con la mirada: “qué bueno eso que escribiste”. Pero nadie entrega un mango por lo que yo hago. Y como esas tres secas bastan para que me pegue, y debido también a mi facilidad para enroscarme en proyectos artísticos, no sólo voy a pasarla con Martín, que prefiero resguardarlo y no adjetivarlo. Quiero comprobar y después escribirlo, sí Quemacoches la rompió allá, como se ve en los videos de Youtube. Y como pretendo que todos lo entiendan, aclaro: Quemacoches es una banda punk que la escucho todo el tiempo; y romperla significa conocer si ese público que repleta el lugar y poguean todas las canciones en el video de Youtube, se fanatizan con cualquiera que pase por el pueblo o no. Porque las bandas suelen ser así, te agrandan todo como te agrandan todo en la televisión. No hay ninguna que vuelva de una gira y nos cuente a todos por Facebook: “nos fue para el carajo, no había nadie, perdimos plata”. Y ni hablar de los que telonean a otra de gran convocatoria, pagando el lugar, claro. Estas, al terminar su repertorio, se sacan fotos con el público que no los vio, que recién llegó y llenó para morfarse solo el plato principal. Sí, repleto de esos que se sacan la foto con actitud caradura, y la postean con algún párrafo bien putito debajo: gracias por habernos explotado el corazón, hacer que nuestra vida tenga sentido, y por sobretodo susurrarle a la vida, en el oído, una canción.

Alguno en este bondi se rajó un pedote. Un pedo gracioso, apestoso, pero de esos que si vas solo o con amigos te sacan una sonrisa. Catemos: mostaza rancia, roquefort y Boligoma. ¿Lo pueden imaginar? El cerebro humano es increíble, repleto de dimensiones inexplorables. Y acá siguen todos prendidos al celular. Por la ventanilla podrían pasar naves espaciales, dinosaurios o un ejército de minas en pelotas, pero nadie se enteraría. ¿Por qué la gente cuando anda careteando no se ríe de los pedos? Esos son los pensamientos que me llevan de acá para allá. No soy un erudito, aunque para mí definen cuestiones importantísimas, quizás motivo de algún otro tatuaje.

Martín no conoce a Quemacoches. Nunca le pregunté, pero sé que la respuesta sería un no. Y no es por tirar abajo a la banda, pero existen apenas dos años. En Capital no todos la conocen, y eso que no hay muchas bandas así de buenas. Asique menos en Chillán, ni en Chile, y ni en pedo Martín, que prefiero no adjetivarlo.

De Rápido este bondi sólo tiene el nombre. Aunque debido a mi situación no puedo dar total fe del tiempo que llevo acá. A juzgar por los bufidos, y las reiteradas detenciones, venimos para el ojete. Paró de llover hace rato. Y anochece, cuando deberíamos llegar a las cinco de la tarde. Hay alguien que bufó, pero otra vez por el culo. Y mi agudo olfato me dice que tiene el mismo ADN a mostaza rancia, roquefort y Boligoma. Saco mi celular del bolsillo de mi mochila, le enchufo los auriculares y me los pongo al son de Quemacoches: el aleatorio arranca con La Rabia.

O las dos señoras cataron lo que yo, o algo las vuelve humanas: se hablan. La del sweter blanco le muestra su pantalla a la otra. Listo, el virus de la novela CELL de Stephen King, ahora se vuelven todos zombis y me cago muriendo. Asomo mi mirada por el pasillo: lo mismo allá adelante. Los dos orcos que viajan juntos a mi derecha también, intercambian celulares y gestos de… ¿Preocupación?

El Rápido anuncia que le chupa la pija su prisa. Jódase por buscar la empresa más barata. Los hermanos Wright crearon el avión en 1867, y usted le confía su culo a un chofer que no duerme hace dos días, al comando de un bondi sin VTV. Les agradecemos sepan entender, y saluden con un aplauso al as del volante, héroe en Ecuador, cuando salvó al plantel de Huracán y los dejó al borde de una vuelta olímpica. El quemero muerde otra vez banquina hasta que se detiene. Por sus gestos y la dirección de todos los pasajeros, tenemos que bajar sí o sí. Lo hago, pero no me quito los auriculares, que resuelvan ellos. Ahora el aleatorio elije el hit: “Como menudo, pero drogados”.

El astro quemero reúne a todos los pasajeros al costado de la ruta. ¿Deliberan? ¿Qué carajo está pasando? Yo no puedo sacarme esta adicción de los oídos, y me aparto para darle otras tres secas que impidan que se acabe esta ola, que se apague el bajo distorsionado en mi cabeza. ¿Será como se ve en el video de Youtube? ¿Se volverán locos por Quemacoches allá? ¿O será que están como en Buenos Aires en los ochentas, cuando recién explotaba todo?

Caras de resignación, dicen sí con varias peras y pocas ganas: todos arriba otra vez. Arranque, salida, y el paraguayo me cierra los ojos. Estiro los pies, condimento el tufo general con uno de mi cosecha personal, y poquititos kilómetros me separan del sueño.

 

Despierto.

Los orcos pegados a la ventana. Todo el colectivo de pie, avanzando despacio. Todos contra las ventanas, el pasillo vacío. Intento incorporarme, pero un tirón de orejas me detiene, los auriculares se traban contra el apoyabrazos. Me los saco, pongo un pie en el pasillo, mirando las espaldas de todos, las nucas, y decenas de manos apoyadas contra las ventanas. Recién ahí veo hacía la mía, me acerco a ella y miro.

El Rápido zigzaguea entre las llamas que atraviesan cristales rotos. Filas y filas de coches prendidos fuego. Es el puto Walking Dead, el abandono total, no hay nadie. Van tres cuadras de autos incendiados, de todas las marcas y un solo color: negro. Todo queda negro. Algunas llamas prenden árboles. Un toldo de un local de ropa para estúpidas se incendia. El Rápido se detiene. El quemero levanta lento las manos del volante, como apuntado por un vaquero. Me adelanto por el pasillo hasta quedar cerca de él, desde donde ahora observo a Martín, cortándonos el paso, con una antorcha en alto en una de sus manos. No está solo, podrían llenar cualquier antro de Buenos Aires. Molotovs sobran. Y a juzgar por su remera, los conoce, aunque prefiero no adjetivarlo.

 

ILUSTRACIÓN: Julieta Piaggio.