José Luis «Garrafa» Sánchez: El ángel de Banfield

La historia del fútbol es como abrir un cajón de recuerdos. Uno lo abre y empiezan a aparecer cosas que ni recordaba que existían. Encuentra entonces su primer pelota, de goma espuma, aquella que le regalaron cuando chico. Rasquetea un poco más y encuentra una figurita de Davor Suker, aquel gran goleador de Croacia en Francia ’98. Mueve unos papeles antiguos y encuentra fotos, y en las fotos encuentra el pasado: el viejo que por aquel momento tenía pelo; los hermanos con la remera de Boca de Fiat, aquella que supo usar el Bati; los amigos, más parecidos a los enanos de Blancanieves que a los muchachos con los que en un rato se juntará a tomar unas cervezas. Se ve a uno mismo, y sucede algo similar: ¿qué pasó? ¿Qué fue de la vida de ese purrete que tomaba Nesquick a toda hora? ¿Qué extraño suceso ocurrió para que donde ayer había pecas ahora haya una barba oscura y difícil de afeitar? La respuesta es simple: tiempo. El tiempo, simplemente.

Con el fútbol pasa algo parecido: uno mira fotos viejas del club de sus amores, y apenas si reconoce a ese pibe que años después sería figura. Se acuerda entonces de aquel número 4 que sacaba mal los laterales… inevitablemente, desembarcan en su memoria nombres de jugadores que, creía, olvidaría con el correr de los años. Como bostero,  se acuerda de Julio “El sapo” Marchant,  aquel 8 con garra y llegada, de Adrián Guillermo, “El escobillón”, un wing desequilibrante que tiraba unos centros venenosos. Y se acuerda, también, de rivales. De hombres que por 90 minutos supieron ser enemigos íntimos, pero que pasada la hora de la batalla, fueron players que uno respetó, e, incluso, aplaudió… José Luis “Garrafa” Sánchez fue uno de ellos. Yeti Rock, banda oriunda de Adrogué, le dedicó un tema.

“El cielo no sabe esperar la magia y se lo llevó, baila atrevida la zurda divina. Ilusión en un balón.
El barba no sabe aguantar las ganas y se lo robó, quería solo un arlequín que la embocara del banderín.”

El 8 de Enero de 2006, a los 31 años, José Luis Sánchez falleció tras tener un accidente cuando hacía piruetas en moto frente a su casa. “Garrafa vivió y murió como un rockero”, diría alguna vez Sergio Mercurio, director de un documental “El Garrafa: Una película sobre fulbo”. Lo cierto es que mucho no se equivocaba. De orígenes humildes, creció en la villa La Jabonera, en La Tablada, Garrafa (apodado así por la profesión de su padre, que era garrafero) llevó en su fútbol siempre la marca del potrero. Incluso cuando en sus primeros tiempos en Laferrere, el club de sus amores, llevaba la 3 en lugar de la 10, y hacía la banda como lateral izquierdo. Tras cuatro años, Sánchez fue transferido, a El Porvenir, camiseta que vestiría por dos temporadas, para luego cruzar el charco al Bella Vista uruguayo. En el año 2000, con el padre enfermo de cáncer, Garrafa volvió a la Argentina, y tras siete meses inactivo, firmó con el Club Atlético Banfield.

“Dicen los que saben que escapó de una tierra de sueños donde las zurdas destilan magia, donde hay dios y diez herederos. Dicen los que saben que aún la mueve allá en el cielo.”

En el taladro, en base a caños y gambetas, Garrafa se ganó la 10, y la idolatría de la gente. El 17 de Marzo de 2001, en cancha de All Boys, José Luis demostró la jerarquía de su pegada con un gol olímpico en la goleada por 4 a 0. Meses más tarde, el club del sur del Gran Buenos Aires, conseguiría el tan ansiado retorno a Primera División, comandado por la magia de un pelado tan talentoso como rebelde, amante de la velocidad y de las motos, lo cual incluso le costó su llegada a Boca: “me ofrecieron entrenar con ellos. El tema es que no tenía con qué ir hasta allá, porque no hay colectivos, me mandaba con mi moto, una CBR 600. Un día, por la autopista, pasé por al lado de la camioneta de Pumpido, que llevaba a Bilardo. Me vieron y como había una cláusula que les prohibía a los jugadores andar en moto, al día siguiente me dijeron no fuera más”, contó alguna vez Garrafa en una entrevista.

“Todavía lo veo a Garrafa por las noches de sueños encarnando en un rincón de la cancha regando potrero. Todavía lo veo a Garrafa los domingos de cancha, pero ahora el Solá no es lo mismo, ahora hay un ángel… Un ángel de Banfield.”

Ya en los últimos años de su carrera, conseguiría una histórica clasificación a la Copa Libertadores con el taladro, llegando hasta los cuartos de final y cayendo con River Plate. Para el año 2005, Garrafa volvió a su gran amor: el Morumbí de Laferrere le abría nuevamente sus puertas. Allí llevó su magia hasta el día de su muerte, aunque “dicen los que saben que aún la mueve allá en el cielo”.