De La Gran Piñata: Vivir más no es cuestión de tiempo

La primera vez que escuché a De La Gran Piñata fue en el 2012 y solo fueron dos canciones: “Veredas” y “(Sonrisa)”. Me gustaron bastante pero no indagué mucho más. Me acuerdo que me las aprendí en la guitarra y que todas las noches batallaba mi limitación musical a base de insistencia. Es más, me clavaba dos o tres nescafés y las tocaba en modo bolerito. Era un vicio hedonista que me permitía- viéndome a la distancia sencillamente era un carolo embravecido-  pero en ese entonces quería salir en la foto y me sentía un compadrito con total dominio de su instrumento. A los meses la euforia aterrizó y entre amanecer y amanecer mi insolencia se vio machucada. La guitarra y el fervor de su llama se desvaneció.

Desde la puerta frontal del Teatro de Flores hasta las vallas que acarician el escenario, se amontona un montón de gente. Un montón es imaginarse diez andenes de Constitución a las 9 de la mañana y con la línea C demorada. Pibas y pibes se fusionan en el negro de sus remeras, se suben a hombros de amigos o ajenos y  emprenden un movimiento por momentos pendular hacia las caras que fueron a ver. Avanzan, esquivan y se pierden entre acordes y personas como saltamontes de estación. Todo el teatro está de pie y en movimiento. El sonido es envolvente y arriba del escenario solo hay cuatro tipos que justifican todo este oleaje de gente, toda esta especie de peregrinaje unicolor.  Un bajo, una batería y dos guitarras son los utensilios para ponerle música a esta montaña rusa en la que no se para de gritar. De pedir otra vuelta, qué más fuerte, qué de nuevo, qué queremos más y no nos alcanza.

Ni nadie hace una vida sin tener en cuenta su antepasado ni nadie hace su música sin tener en cuenta su herencia. Hay artistas y canciones que son mojones en la ruta. No es que se decida prescindir de los legados. Directamente no se puede, y tal vez por eso en una relación atávica la voz de Pantera, el cantante de De La Gran Piñata, tiene la potencia y el alcance de Chizzo y la claridad del mejor Ciro de Los Piojos. En su boca pasó lo mejor del repertorio y lo desparramó a lo largo de dos horas. Viejas canciones como “Introspectivo” y “La historia de la mosca y la araña” fueron momentos superadores del show, hits ya consolidados a los que se pueden agregar “Anguilita” y “(Sonrisa)”. Del reciente y demoledor CD El equilibrio entre los opuestos (2015), se les sacó la cascara a “De bar en peor” y “Los asuntos del miedo”, temas que pintan como próximos caballitos de batalla que te apagan la tele y te refugian en un mundo hipersensorial. La presencia de Cristian Cary, cantante y guitarrista de La Triple Nelson, banda que funcionó también como apertura de la noche, le aportó un toque de distinción a “La urgencia” y se llevó su merecida ovación.

Un recital que te lubrique el cerebro, que no te haga bostezar, que escriba un montón de comas por la cantidad de cosas para contar, que con una canción te hagan creer que estás salvando al mundo. Qué te haga bailar canciones tristes. Esas canciones que van de atrás, que van al hueso, las que deberían arrugarte el estómago, acá se desaforan, se manifiestan. Es como si la música te arrase los sesos. Es como si un recital te pegue un pesto bárbaro y te deje con mucho sabor a sal en la cara. Un recital que te haga revivir la euforia y por un cachito -solo por un cachito- un momento de hedonismo indisciplinado.

 

FOTOS: Daniela Milana

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